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sábado, 31 de agosto de 2013

Psicóloga Mari Mora: Somos lo que hacemos


Fuente: El Biran New ork

Por Mari Mora

 Psicologa Clínica y de la Salud, con 20 años de experiencia profesional en España. Es especialista en Medicina Psicosomática y Trastornos de la Alimentación.
transito
Somos lo que hacemos, no lo que decimos o pensamos de nosotros mismos y de los demás. No hay mayor revelación que la de observar la conducta humana pura y dura. Si aceptáramos este hecho es muy probable que nos evitáramos muchas confusiones, malentendidos, manipulaciones y otros trucos para enmascarar la realidad.
Del mismo modo que hay comportamientos individuales, existen patrones de comportamiento colectivos que revelan el estado anímico de una sociedad y también su idiosincrasia. En nuestro caso, el estilo de conducir vehículos y la dinámica del infernal tránsito capitalino, muestranel incremento alarmante de la agresividad, el caos y el irrespeto medalaganario de una sociedad permanentemente crispada, competitiva, individualista y escéptica.
No nos hemos destacado por ser disciplinados y prudentes en la forma de transitar,  ni siquiera cuando caminamos a pie por las calles. Sin embargo, basta dar un paseo para advertir el incremento abrumador de un comportamiento antisocial que hace irrespirable y crispante la atmósfera de Santo Domingo. No se trata del congestionamiento vehicular que acompaña la cotidianidad de las ciudades grandes, se trata del acuerdo tácito y generalizado de saltarse a la torera las normas y reproducir esa conducta velada de irrespeto e informalidad que nos hemos empeñado en conservar e incrementar y que manifestamos, casi siempre, de forma velada cuando llegamos tarde, cuando empujamos o nos saltamos el turno del otro, cuando no contestamos las llamadas, cuando no asumimos compromisos firmes, dejando al otro, como se dice coloquialmente, suelto en banda. Agresividad pasiva, en este último caso, porque se ejerce sin reconocerse y, además, afirmando todo lo contrario,  y agresividad abierta y activa, cuando se trata de conducir.
Basta dar un paseo para advertir el incremento abrumador de un comportamiento antisocial que hace irrespirable y crispante la atmósfera de Santo Domingo.
Saltarse los semáforos en rojo no es la estrategia de alguien que conduce en la noche, cuando ya el tráfico aminora, es un sistema que rige a todas horas. Si alguien osa hacer lo que la norma indica, es decir pararse ante la luz roja, la respuesta es un bocinazo y el mal gesto del conductor que va detrás.Nadie le da paso a nadie, ni siquiera cuando se percibe que es vital para deshacer un tapón. La cortesía desaparece y se instaura la grosería y la desconsideración. Encender la luz  direccional como aviso de que vamos a doblar, solo sirve para poner en guardia a los demás conductores, que en vez de parar, aceleran para arrebatarnos el paso, como si de una garata con puño se tratara. Los peatones no existen, son supervivientes intrépidos, y a veces suicidas, de una jungla en la que, en cada esquina, asoma la catástrofe. Alguien dirá que falta educación vial y doméstica, y es cierto. Pero no es solo eso. La mayoría de la gente conoce las reglas, pero en un contexto en el que las propias autoridades exhiben una impunidad absoluta (policías en motores sin cascos, patrullas que no usan las luces para doblar y se saltan los semáforos etc.), y en el que el semejante no es un prójimo si no un enemigo en potencia, hay poco aliento para seguirlas.
Los autores que trataron la psicología del comportamiento de las masas, Freud,  Le Bon y Erick Fromm entre los más destacados, ya advertían que existe una dinámica propia, que resulta contagiosa cuando los individuos se agrupan en multitud. La sensación de anonimato que da la unanimidad produce una embriaguez de impunidad, desata la irresponsabilidad y, a veces, la voracidad asesina.  Pero el comportamiento colectivo de las masas, en línea con lo que hoy refiere la Psicología Social, es capaz de emprender grandes cambios y proyectos, cuando así lo acuerdan los individuos que la componen, y son motivados y liderados. Pero, en uno y otro caso, se trata de otro sujeto social que se define y actúa y saca el animal salvaje que se desata al menor descuido, como diría Le Bon, pero también puede crear lo que hoy se llaman sinergias para alcanzar metas de interés general.
Agresividad siempre es violencia, aunque no siempre sea física. De la primera a la segunda estamos hablando solamente de grados.
La lucha por construir un marco de civilización y convivencia es la más audaz estrategia de supervivencia de la especie humana. Cuando actúan solo las emociones más primarias algo ha fallado en la principal misión de la vida en sociedad. En consecuencia, algo falla en el sistema de convivencia dominicana. Algo reventó en un proceso paulatino de deterioro, y la conducta colectiva de conducir no es más que un símbolo de lo que ocurre en eso que llamó Carl Jung,  el inconsciente colectivo.
La violencia que llega a su hipérbole tantas veces y que nos espanta, la percibimos como algo que reproducen los otros. Ciudadanos malignos que asesinan, violan, roban o propinan palizas, cabían, hace apenas unos lustros,  en la contraportada de un tabloide sensacionalista, y de un tiempo a esta parte inundan gran parte de las primeras páginas. Aún así seguimos pensando que ese comportamiento delictivo y esencialmente antisocial  nos es del todo ajeno y que es como una de esas plagas que azotan una sociedad y que viajan a través del aire.  
Los mecanismos de articulación social han sufrido un notable deterioro en el plano de la convivencia en el espacio público. Territorio de nadie, el espacio público es percibido por los individuos como ajeno. Se tira basura, se escupe, se orina y se conduce de forma demencial en nuestras calles, lo que puede ser atribuido a la falta de educación pero lo que también significa agresividad hacia un medio y hacia los que lo comparten. Agresividad siempre es violencia, aunque no siempre sea física. De la primera a la segunda estamos hablando solamente de grados.
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